CRÍTICAS LITERIARIAS

 

Los niños del infortunio



Eusebio Leal Spengler
 

El 8 de octubre de  2005, el eco de un colosal estremecimiento desde insondables abismos espanto a las poblaciones de las cordilleras que se elevan hasta el Himalaya. Solo con las primeras luces del alba se pudo comprender la magnitud de la tragedia. Incontables aldeas y pueblos habían sido sepultados y los sobrevivientes deambulaban, tratando –a tientas- de hallar a los suyos entre la niebla, las ruinas y los escombros.
La noticia se difundió ampliamente por los medios y agencias internacionales de comunicación y, durante días, los poderosos Estados europeos, las Naciones Unidas y otros organismos internacionales fijaron su atención en Pakistán. En otras latitudes del planeta, personas buenas y generosas se hicieron partícipes del dolor de los hijos de aquel país remoto.


En verdad, desde hace poco tiempo, una sucesión de calamidades había reclamado la atención de la Humanidad, entre otras –y por solo citar algunas- el maremagno en el suroeste de Asia; los insólitos huracanes que han devastado la América Central, el Golfo de México y las islas del Caribe; la guerra en Irak o el secular conflicto palestino…


Un drama superior de inacabable magnitud: el dilema de la pobreza y el hambre, la amenaza de las enfermedades pandémicas y los cambios climatológicos, nos han hecho contemplar el inicio del milenio con el sobrecogimiento y el temor de quien lee las páginas del Apocalipsis. ¿Será acaso que ha llegado el momento que precede el fin de los tiempos? ¿Estaremos abocados al choque de las culturas y las civilizaciones, o se abre ante nosotros una grieta  que deja atisbar el abismo que el genio de Miguel Ángel dibujo en los frescos del Juicio Final?


Ante esa duda que asalta a los espíritus más serenos, el dolor de un pueblo nos lleva a meditar no solo sobre la compasión que trata de enjugar las lagrimas de los que sufren y lloran. Mas allá, se levantan la Fe que es capaz de mover montes; la Esperanza que triunfa sobre la muerte y el olvido; la Caridad reparadora y solidaria… virtudes necesarias para transformar el orden injusto y letal que imponen al mundo la sociedad de consumo, la banalidad y el egoísmo.


Quizás, quien lea estas palabras pensará que se trata de un alegato romántico, cuyo estilo carece del pragmatismo indispensable. Un biógrafo de Vladimir Ilich Ulianov me contaba que, durante una charla con un amigo, Lenin afirmó:”Las revoluciones no son nada románticas, pero yo desconfío profundamente de los revolucionarios que no lo sean”.


Esta bella anécdota acude a mi memoria al leer este apasionante testimonio sobre los médicos cubanos en Pakistán. El autor siguió tras sus huellas para contar la historia no solo de la brigada que lleva el nombre del mambí norteamericano caído a la edad de 27 años en Yaguaramas, actual provincia de Matanzas, el 4 de agosto de 1876: Henry Reeve, un joven que, por amor a la libertad y a la lucha épica del pueblo cubano, dejo su tierra natal y se inmolo en desigual batalla.


Es necesario decir que, integrado por galenos y trabajadores de la salud, el contingente Henry Reeve fue creado luego de que el huracán Katrina azolara la costa sur de los Estados Unidos de Norteamérica. Pero el generoso ofrecimiento del pueblo de Cuba para auxiliar a las víctimas fue rechazado por el gobierno de aquel país.


Con su concepto caballeresco de la vida y con una visión que alcanza el tiempo futuro, el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, alentó a los médicos a ultimar su preparación para asistir a cualquier otro pueblo de la tierra. Vale decir que varios miles de estos compañeros han acudido al reclamo o a la necesidad de otras naciones.


Debemos Los niños del infortunio al poeta y escritor Tarek William Saab, luchador incansable en los lances de la revolución bolivariana, elegido gobernador del Estado venezolano de Anzoátegui, orador carismático capaz de arrebatar horas al sueño –de por sí breve e inquieto- para entregarse a la lectura en pos de la fuente de la sabiduría…


Al hacer el elogio de sus cualidades, he colocado en primer término la poesía porque ella exalta y dignifica, sostiene en vilo el alma, hacer ver en la noche oscura… Ella está presente en la prosa deslumbrante de El Libertador, en Mi delirio sobre elChimborazo, en el “Juramento en el Monte Sacro” o en sus turbadas y hermosas palabras ante el umbral de la muerte.


Con no menos emoción, Tarek William Saab se siente conmovido ante el sufrimiento de aquellos pastores de rostro cincelado y perfil altivo, los mismos que contempló Alejandro Magno en su raudo paso hacia los confines del mundo conocido, aquellos que han preferido aferrarse rabiosamente a las ruinas antes de convertirse en parias en las grandes ciudades.


De fuerte tradición islámica, ellos son los destinatarios de esta novel expresión de la solidaridad de Cuba. No hay fronteras religiosas para este ejemplo de humanismo que, como imagen hecha de poesía y palabra, guía la pluma repitiendo el antiguo proverbio escrito en un ignoto tejado de La Habana: “la mano escribe lo que el corazón manda”.


Cuando el mundo vuelve sus espaldas ante urgentes reclamos, cuando las promesas se olvidan, cuando un anciano ante la pérdida de todo lo material es capaz de volver los ojos al cielo y exclamar: “No tengo casa, no tengo nada, que se haga la voluntad de Dios”, este libro ha de quedar no solo para las futuras generaciones, sino para todos lo que hoy aspiran a un mundo mejor. Pues este vibrante testimonio serviría con creces para validar la hondura filosófica del pensamiento de José Martí cuando exclamó resueltamente: “¡Alcémonos para que algún día tengan tumbas nuestros hijos! Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: Con todos y para el bien de todos”.


Si en las barriadas de Caracas y por toda la Venezuela bolivariana están los médicos de Cuba; si ellos han sido capaces de hablar las lenguas ancestrales de los mayas, los acentos cadenciosos del creole…; de adaptarse y convivir con tantos pueblos de la tierra, llevados por una inspiración apostólica es porque han aprendido el concepto internacionalista que otorga vida a la idea de que un mundo mejor es posible, acento cardinal en el pensamiento de Fidel Castro.


Hoy, cuando asistimos al renacimiento de las ideas en nuestra América, vale la pena leer Los niños del infortunio, detenernos en sus páginas, ahora que en aquel lejano país se vuelven a ordenar los rebaños, a pesar del invierno que ya cae con su níveo manto sobre las altas cumbres donde, sin embargo, el pastor puede ver cruzar sobre el cielo una fugitiva estrella.

Eusebio Leal Spengler
25 de enero de 2006.

 

 

 

 
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